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De garzones y fascistas

Estos días asisto con pasmo a todo lo que está ocurriendo alrededor del juez Garzón, y sus desventuras con cualquiera que tenga a bien denunciarle por algo. No salgo de mi asombro, y no entiendo cómo podemos permitir que pasen cosas así.

No entiendo nada de leyes, ni de justicias o injusticias; en general no me gustan las togas ni los rígidos procedimientos que veo (afotunadamente de lejos) en todo ese gremio. Creo que es la administración más anquilosada y atrasada (y no sólo por sus pertinaces retrasos) de todas las que nos sirven (sí, lo de que “nos sirven” es una ironía). No sé por qué sus órganos de gobierno, a pesar de ser un pilar de la democracia, no son elegidos directamente por sufragio universal (sí, vale, porque lo dice la Constitución)…

No entiendo cómo es posible que una organización reconocidamente fascista haya sido capaz de inhabilitar a uno de los jueces más renombrados y reputados que tenemos (sea de la ideología que sea). ¿Hemos perdido todos el juicio (en ambos sentidos)?

No entiendo cómo “señores jueces” del Tribunal Supremo, a los que se supone más que listos, sabios, que representan al escalafón más alto dentro de su profesión, la élite en lo suyo, se han dejado manipular de esa forma. O, peor aún, han sido tan ruines como para aprovechar cualquier excusa para deshacerse de un enemigo íntimo, simplemente por serlo.

No entiendo si Garzón ha cometido o no el delito que se le imputa. Un delito que se llama “prevaricación” debe ser, por definición, difícil de comprender para alguien no versado e ignorante de leyes como yo. Pero creo que la justicia, los jueces, deberían levantar de vez en cuando la cabeza y mirar… mirar el pasmo y el asombro, y la vergüenza ajena que están generando en la sociedad; mirar cómo son percibidos por los demás; mirar el daño que se están haciendo. Deberían ver claramente que, a pesar de sus tecnicismos, la sociedad está percibiendo que han permitido que unos fascistas hayan apartado a un juez que ha sido el azote de terroristas, narcotraficantes, dictadores y políticos corruptos (de todo signo) durante los últimos años.

No entiendo cómo hay quien se rasga las vestiduras cuando alguien critica cosas como ésta, cuando la gente se manifiesta en las calles para mostrar su desacuerdo con estas decisiones. ¿Es la justicia un poder sacrosanto, intocable? ¿Por qué podemos (y debemos) manifestarnos contra decisiones de los otros dos poderes democráticos y no contra éste? Creo que tanto el poder legislativo como el ejecutivo están comparativamente mucho más saneados, controlados y sujetos a la voluntad popular… lo que ya es decir, con la que está cayendo…

Señores del Tribunal Supremo: ¿no tienen nada más importante que hacer? ¿no hay otros delitos en los que enfocar su valiosísimo tiempo? ¿no hay violadores, maltratadores, estafadores, ladrones, asesinos a los que juzgar y perseguir? ¿consideran que están priorizando correctamente su labor para la sociedad que les paga?

Aquí hay algo raro… algo que apesta…

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Categorías:actualidad, justicia, sociedad
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